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日志


4月7日

Dentro o fuera

 

¿Quien mira a quien?, ¿quién es de verdad libre?, ¿cuál de los dos ansía más?.
No podemos suponer nada, ya que nada conocemos
y la realidad es tantas veces engañosa...
9月20日

En un acantilado

 

Uno de mis sueños, poder subirme en lo alto de un acantilado y

sentir la fuerza del mar golpeando contra la roca,

sentirla vibrando dentro de mí.

Poder cerrar los ojos y oir.

Poder abrirlos y llenarme de belleza, y fuerza.

Poder mirar abajo y temer, aferrarme a esa roca,

como al único cable que me une al mundo.

 

9月16日

El coleccionista de sonrisas o la historia de una obsesión

 
 
He encontrado esta historia, y realmente me ha interesado, cómo una obsesión por algo tan hermoso como una sonrisa puede llevar a algunas personas a ciertos extremos. Al margen de eso, cuánta razón tenía este hombre al creer que las sonrisas no son todas iguales ni en igualdad son comparables. Espero que os resulte interesante.
Como no me deja copiar y poner la foto de la que habla el artículo os copio el enlace.
 
El coleccionista de sonrisas
 
El 26 de agosto de 1990, en la segunda página del ‘The New York Times’, se publicó la fotografía de un atentado producido durante la invasión de Irak a Kuwait. A pocos metros de los cadáveres de un par de civiles, una niña miraba lo que parecía ser una muñeca, mientras que el artículo correspondiente mencionaba a 18 kuwaitíes exiliados, que recordaban a sus más de 500 compatriotas muertos. Y si bien existía una relación entre el texto y la imagen, el rostro de la niña hablaba de otra historia, que no tenía nada que ver con los personajes retratados. Era como si ella hubiese acabado de sonreír hacía un segundo.
 
Albert O’remor no era corresponsal de guerra, pero a su representante le fue sencillo contactar con el ‘Times’ y venderle los derechos de la fotografía, porque O’remor gozaba de cierto prestigio en el ámbito artístico neoyorquino. Aunque prestigio no es el término más adecuado para definir su posición en ese gremio. Prácticamente no se hablaba de la calidad de su trabajo, sino del tema recurrente que siempre abordó en sus obras, derivando las conversaciones hacia los posibles orígenes de su obsesión, donde las opiniones eran encontradas e iban de lo dramático a lo sublime, pasando incluso por la burla. En lo que sí estaban todos de acuerdo era en que su ‘enfermedad’ era degenerativa. Si no fuese así, por qué otra razón viajó a Kuwait a retratar a esa niña, por qué necesitaba situaciones cada vez más dolorosas para capturar una sonrisa.
 
Albert O’remor, de madre danesa y padre irlandés, nació en Baltimore, Estados Unidos, en 1958. Ya a sus cuatro años, Albert comenzó a manifestar una especial atracción por las sonrisas ajenas y, con el tiempo, pasó a convertirse en una profunda fascinación, despertando un incontrolable deseo por coleccionarlas. En su octavo cumpleaños, le obsequiaron una ‘Instamatic 133 de Kodak’. Como era de suponer, al comienzo, cualquier sonrisa le valía, mas ese comienzo fue muy breve, porque el mismo día en el que le regalaron la cámara, agotó el carrete con los rostros de los invitados que posaron para él y no pudo ver las imágenes hasta tres semanas después, cuando consiguió ahorrar lo suficiente para revelar los negativos.
 
Tras esa primera experiencia, se dedicó a sorprender a sus familiares con la intención de obtener sonrisas espontáneas. Los flashes provenían de debajo de una cama, del asiento posterior del coche, de entre las ramas, del armario y de cuanto lugar le sirviese para su cometido. Una vez completado su décimo álbum, volvió a cuestionarse, optando por  incluir a desconocidos. Así lo hizo durante más de una década.
 
A pesar de aparentar ser un dato irrelevante, antes de proseguir, me gustaría destacar una de las series que formó parte de este período, compuesta por las sonrisas de una hippie que mostraban las distintas variaciones de la expresión con respecto al tipo de droga que ella había consumido. Esta serie -no en ese momento, pero sí cuando reflexionó al respecto- ocasionó que O’remor hiciese una pausa prolongada. Los siguientes dos años no tomó ninguna fotografía, los empleó en clasificar las 16,478 que ya tenía. Fue consciente de que una sonrisa al despertar tenía distintos matices que una al acostarse, que la de su hermano menor era distinta cuando veía a su madre que cuando veía a su padre, que la de su abuelo variaba en el día y no con la edad, que una sonrisa no era más bella por el rostro sino por la sinceridad y que, sin excepción, todos teníamos la capacidad para mostrarla. En ese punto tuvo dos sensaciones. Su colección era bella; sin embargo, no era tan especial. Cualquiera podría tener una como la suya, simplemente era una cuestión de tiempo y dedicación. Se quedó en blanco tres años más.
 
En 1984, volvió a coger la cámara bajo la siguiente premisa: “Todos podemos sonreír, pero no todos somos iguales”. Se puso a fotografiar a personas famosas. Le duró una semana. Las revistas de un quiosco contenían más de las que él podría conseguir en toda su vida. Se sintió estúpido por haber planteado una premisa tan vulgar. Lanzó otra: “Todos podemos sonreír, pero a unos les cuesta más”. Con el ánimo renovado, retrató a mendigos, minusválidos, a payasos sin disfraz, soldados de guardia y a cuanto estereotipo se le cruzó por la mente. Se dio cuenta de que no era tanto un asunto de personas… y se atrevió a lanzar una tercera: “Todos podemos sonreír, pero hay momentos en que nos es casi imposible hacerlo, porque no nos nace o nos lo prohibimos”.
 
Albert pasaba las mañanas observando los entierros y, en las noches, hacía guardia en la sección de urgencias de los hospitales. Una que otra vez, para variar la rutina, se asomaba a los incendios y a otras desgracias ocasionales, conducta que fue muy criticada tanto por algunas instituciones sociales como por la mayoría de los artistas neoyorquinos. No obstante, O’remor sostenía, de cara a sí mismo, que una sonrisa, en un momento de tragedia, evitaba que se destrozasen fibras emocionales profundas. Para valorar mejor su perspectiva, es necesario enfatizar que a él le deslumbraban las sonrisas y no las risas (ya sean con gracia o histéricas).  
 
Unos meses antes de que Irak invadiera Kuwait, Albert O’remor se había instalado en Oriente Medio. Quería saber cómo eran las sonrisas de las personas que vivían en una tragedia constante. Sin duda, su fascinación lo colmó. Eso explica que el día en el que retrató a la niña del ‘Times’, cuando se produjo la explosión seguida de un tiroteo, en lugar de correr, le regaló la muñeca a la niña, para fotografiarla. En medio de esa sesión, una bala lo alcanzó. La pequeña dejó la muñeca y cogió la cámara.
 
Tras su muerte, se realizó la primera exposición sobre su trabajo. La galería Leo Castelli presentó la “Smile’s Collection”, incluyendo la foto que tomó la niña kuwaití, la única en la que aparecía Albert O’remor.
por Rafael R. Valcárcel

8月31日

Gente feliz bailando en el planeta tierra

 
 
¿Qué nos une más a todos los seres humanos en este planeta?, más allá de culturas, tradiciones, políticas y demás...,
BAILAR,
 creo que no hay lugar en la tierra en el que no se baile, y esto nos haga felices.
 
 Música por favor...
 
¡¡¡vamos a dar una vueltecita por el mundo, bailando!!!

 
 
    

 
6月10日

Te soñaré

Los sueños de la obsesión

Algunas mañanas el despertar no deseo que llegue,

...te soñaré cada día,

y cada noche volveré a encontrarte.

5月1日

amanecer contigo

Siempre hay un mañana, una nueva luz, una nueva esperanza,
escondida tras la sombra que dejó la noche y sólo esperando
que abramos los ojos y la reconozcamos.

Amanecer

 

Siempre hay un momento de amor, de ternura esperando

a que llegue el instante de que mi mirada te encuentre,

tus manos me toquen,

mis labios te nombren

y la noche sea eterna mientras amamos la vida y amanece nuestra esperanza.

amanecer

4月28日

Paseo delicioso

Cómo envidio a los que viven en ciudades, pueblos, casas...cerca del mar,

poder dar un paseo todas las tardes, haga sol, llueva, truene.

Mientras tanto seguiré mirando fotos.

paseo delicioso

2月21日

casi que os llevo a la cama

   
 
 
 
                             

 
 
 

Adios

Alguna veces el destino es demasiado juguetón,
se empeña en no dejarnos descansar algunos momentos
justo cuando más necesario lo es.
 
Adios poema, que vivas en la eternidad del 0001100111 de internet, y si llegas a algún sitio, puedas conmover.
 
 
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